Juan Villoro sobre el oficio de escribir

Recuerdos sobre un diálogo de Juan Villoro con jóvenes interesados en escribir y personas de todas las edades interesadas en la literatura.

Juan Villoro es uno de los escritores actuales más reconocidos y prolíficos. A lo largo de su trayectoria ha destacado como cronista de la vida cotidiana y del futbol, novelista, cuentista, escritor de literatura infantil, dramaturgo, escritor de brillantes prólogos, traductor del alemán, además de haber sido locutor de radio y agregado cultural en la embajada de México en Berlín del Este, entre otras cosas.

Por si esto no fuera suficiente, es además uno de los escritores más queridos y cercanos a su público lector. No importa el foro en el que se presente, sus presentaciones garantizan siempre un lleno. Y es que Villoro combina la rara virtud de ser tan ameno cuando habla, como cuando escribe, que ya es decir mucho.

El pasado 21 de Marzo tuvo una conversación abierta con estudiantes de la Escuela Mexicana de Escritores (EME) que llenamos una pequeña sala hasta llegar a la banqueta, y habló de la literatura en general, de sus libros, de su vida y sobre todo, del oficio de escribir. Sobre esto último recojo aquí mis impresiones, que no son crónica detallada ni reportaje del encuentro, sino más bien una recopilación parafraseada y comentada de las impresiones más fuertes para mí, de ese diálogo.

 

1. Sobre tomar notas.

JV: No acostumbro tomar notas de lo que voy a escribir. Suelo pensar que, lo que no tiene la fuerza suficiente para mantenerse en el recuerdo, probablemente no tiene la fuerza suficiente para estar en el texto, no merece estar.

Este fue el primer y último comentario que apunté durante la conferencia. A partir de entonces, es decir muy cerca del principio, decidí hacer el experimento y ver qué tanto de lo que decía Villoro lograba sobrevivir en mi memoria. Decidí también entonces, que esta crónica ya no sería sobre lo que dijo, sino sobre mi versión parafraseada y comentada, del recuerdo de lo que dijo.

 

2. Sobre los consejos de escritores.

JV: Todo lo que yo les digo aquí, no son en realidad consejos. No creo que haya mucho que enseñar en términos de mejores prácticas o cosas que sea absolutamente necesario hacer para escribir mejor. Más bien les comparto manías personales, que estas cosas no son más que eso.

Como si les digo que cuando estoy atorado, acaricio mi llavero del Necaxa. Podríamos teorizar que las rayas y la textura del llavero —por cierto, bastante desgastado— me ayudan a distraer la mente y adquirir así una nueva perspectiva sobre lo que escribo. Puede ser, pero en el fondo es una manía personal como tantas, y cada quién tiene que encontrar las suyas y las que le funcionen mejor para escribir. No es tampoco que las manías personales funcionen para escribir mejor, pero uno se va acostumbrando a sus supersticiones.

En ese momento estuve a punto de volver a tomar notas, considerando la sugerencia previa de no hacerlo, como otra de las manías personales de Villoro, y una apresurada renuncia a las propias. Pero decidí no ser tan literal y conformarme con el principio general de observar y tomarle cariño a las manías personales que se van manifestando, quizá esas son exactamente las que cada uno necesita.

 

3. Las vidas múltiples del escritor

JV: El escritor tiene la posibilidad de vivir muchas vidas. Yo por ejemplo, quería ser oftalmólogo. Admiré desde siempre la profesión médica y me llamaba mucho la atención estudiarla. Lo que me detuvo fue la idea de levantarme tan temprano. Los doctores trabajan mucho, estudian mucho, generalmente tienen que levantarse muy temprano y por eso desistí, optando por la literatura y la aspiración de ser escritor —aunque estudié la carrera de sociología—.

Mi primer novela, “El disparo de argón” tenía mucho que ver con la mirada y medicina. La idea de escribir esta historia surgió de una experiencia en la que tuve que tratarme por una lesión ocular en una peculiar clínica de Barcelona, con un doctor al que extrañamente, toda la ciudad conocía.

Esta clínica era sin duda reconocida pero también bastante extraña y esotérica. A la entrada había un gran ojo egipcio y cosas por el estilo, ya que aunque el director de la clínica era uno de los más competentes de Barcelona, creía también en métodos de curación bastante holísticos .

Bueno, esta fue la inspiración para escribir una historia que se desarrollaba en una clínica ficticia, pero basada en esta. Y para la investigación de la novela busqué a un joven oftalmólogo que estaba haciendo su internado —tenía que ser alguien joven para que me pudiera dedicar el tiempo que yo necesitaba—. Este médico es mi amigo hasta la fecha y durante meses lo acompañé a sus consultas y al hospital.

Así que como dije, la vida es una colección de posibilidades no cristalizadas, a veces la mujer más presente el recuerdo es precisamente aquella con la que no nos pudimos quedar, pero el oficio de escritor permite vivir varias de esas vidas potenciales. 

 

4. La larga juventud del escritor. 

JV: Compilé hace no mucho, junto a otros, una antología de jóvenes escritores menores de 40 años. Esta carrera tiene esa ventaja también sobre muchas otras, que cuando a los 40 un atleta o un futbolista es ya un anciano para su profesión, un escritor puede todavía ser considerado joven. 

5. El futbol en su escritura.

JV: La respuesta sencilla es que el futbol se cuela en mi escritura porque me gusta. En las crónicas de manera más evidente pero en mis ficciones también a través de personajes a los que les gusta u otros que detestan el futbol. A final de cuentas el temperamento y los gustos del autor terminan asomándose a través de su escritura. Sobre todo cuando se llevan varias décadas haciéndolo, como en mi caso. Por ejemplo Cortázar hablaba en gran detalle del jazz y de gatos, porque eran cosas que le apasionaban.

Hay textos donde se hacen descripciones muy detalladas de cosas que no son realmente esenciales para el desarrollo de la historia, pero que sin embargo, son excusas del autor para explayarse en temas que le son queridos, en sus pasiones. Esto no hace mejor ni peor a una obra, si acaso logra generar una mayor intimidad de los lectores con el universo personal del autor. 

 

6. El lenguaje natural en la literatura. 

Alguien de la audiencia preguntó, en lo que pareció una crítica velada, por qué mucha de la literatura mexicana actual todavía usaba un lenguaje formal, que no se acercaba lo suficiente al lenguaje natural, a lo que Villoro respondió:

JV: Aquí yo distinguiría entre el lenguaje natural de la vida y el lenguaje natural de la literatura. Es como la confusión a veces entre el narrador y el autor. El narrador es una voz más, que el autor usa para contar su historia, pero el narrador no es el autor, no necesariamente al menos. De la misma manera hay una naturalidad propia de la literatura que no es la naturalidad del habla en la calle. Cualquiera que haya leído una transcripción de un audio puede darse cuenta de esto. Ningún campesino mexicano por ejemplo, ha hablado nunca ni hablará, como un personaje de Juan Rulfo y sin embargo, ningún campesino en la literatura ha hablado mejor y con tanta naturalidad como los personajes de Juan Rulfo. 

 

7. El humor en la literatura

JV: Pocas cosas son más difíciles, que escribir con sentido del humor, o escribir de tal manera que un chiste funcione. Otros defectos como el exceso de descripción o de aforismos, por ejemplo, pueden dañar la calidad de una obra, pero no necesariamente arruinarla. En cambio, pocas cosas son más tóxicas para un texto que fallar en su intención de ser chistoso, pocas cosas peores en la literatura y en la vida que “hacerse el chistoso” sin serlo.

Aquí nuevamente hablamos de una cuestión de temperamento. Más allá de la calidad técnica para escribir bien, quienes escriben en clave de humor, generalmente tienen un temperamento humorístico, un temperamento natural. Ibargüengoitia por ejemplo, no puede evitar escribir con sentido del humor, aunque hay que aclarar también que aún en casos como el suyo, con una persistente vena humorística, no escribe en una sucesión interminable de chistes, al contrario, los usa con mesura, en la medida justa, como un buen condimento que requiere la dosis exacta para no arruinar el plato. 

 

 

 

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