Árboles de ciudad


He vuelto, no sé por qué impulso, a rastrear el origen de las cosas. Planté, por ejemplo, un árbol desde la semilla. Un humilde limonero de ciudad, en una terraza de aire contaminado, con ruidos y luz disminuida. Sus raíces, si sigue creciendo, estarán limitadas por el opresivo plástico que lo contiene. Y con todo, es un árbol. No pierde maravilla, al contrario, verlo crecer, es ser testigo de la vida.

No debería ser así, pero así es. Porque vida soy yo también, y lo es esta conciencia extraña de mí mismo, del cosmos y los otros. Faltaría presencia, respirar o despertar, para notarla, pero todo es tan corriente que se olvida. Por eso el árbol, este árbol, todos los árboles —pero este más—, son vida en sí mismos y son también, recordatorio de La Vida.

Es también quizá un mal —¿o bien?— de hombre solitario, sin hijos, maravillarse ante un humilde limonero, cuando afuera hay niños, bebés recién nacidos, partos, óvulos fecundados, multiplicados, expandidos en un secreto oscuro, hasta crear una nueva vida —¡y qué vida!—.

Un hijo es eso y más, pero lo es en teoría. Este árbol es mi realidad. Persistente, puedo dejarlo a su suerte y en una ciudad como ésta, con buen clima y buenas lluvias, viviría. Un hijo en cambio, es la otra cara de la vida, es la fragilidad. Dejado a su suerte moriría. Solo ante los elementos, ante el mundo, ante los otros, si no muere de hambre o sed, muere de tristeza.

Un árbol en cambio, en su ecosistema natural, no necesita nada. ¿Dónde estará, por cierto, nuestro ecosistema natural, ese lugar donde no necesitemos nada, donde uno pueda ser fiel a su naturaleza? Los sabios del mundo, los Cristos, los Budas —y los angustiados del mundo también— se han ocupado de crear internamente, algo que se le parezca, aunque en estos días habría que conformarse —y ya es bastante— con necesitar menos.

El limonero entonces. ¿Qué necesita un limonero de terraza, de maceta, de ciudad? Solo las condiciones propicias. A la semilla por ejemplo, hay que darle humedad y esperar a que germine. Y germina. Después el árbol, que entonces todavía no merece el nombre, puede valerse por sí mismo en un pedazo de tierra fértil hasta que, dos años después, tiene el tamaño de una persona esbelta y frágil, de una humilde persona-limonera.

Uno sabe poco o nada. Sabemos más bien, demasiadas tonterías y pocas cosas verdaderas. Por ejemplo, de las plagas, nombre por cierto antropocéntrico, centrado en la molestia de que ataquen lo que uno pretende comer. Estas hacen sus casas y su comida a costa de otra vida, como nosotros, la plaga más grande de todas. Las he visto causar angustia y muertes prematuras: aquel girasol que murió en su adolescencia, en la flor de la edad o la hortensia prometedora que una y otra vez se cubrió de hongo, el cáncer de las plantas.

Lo que sorprende al principio, es que no importa lo que se plante, todo, en algún momento, recibe plagas —lección de vida—, y cada plaga tiene su propia estación y estrategia para intercambiar vivir y matar. Hay claro, insecticidas y herbicidas, pero usarlos o no, tiene que ver con el objetivo inicial. ¿Para qué se tiene un huerto en casa?

En mi caso, no se trata de maximizar la producción, reducir pérdidas, sacar ganancia o potenciar el fruto, el propósito es, ser testigo de lo que nos ha privado la especialización y la urbanización, a nosotros, hijos de la ciudad: Saber de dónde viene mi alimento, cómo nace, cómo muere, cómo es su flor ¿Descansa en invierno o hay que arrancar o esperar a que reviva, raquítica, la rama que sobrevive al fruto?

Pero no toda enfermedad es terminal. No existe ni se recomienda la eliminación total. Se aspira acaso, a lo que aspira el mundo, a un equilibrio donde haya algo para todos y donde el bien le gane al mal, así sea por un pequeño margen.

Y así, estas reflexiones buscaban ser la introducción a una reseña de otros libros e ideas, querían hablar de Jean Giono y su bello cuento sobre “El hombre que plantaba árboles”, o aquel otro libro suyo, “Las Riquezas Verdaderas”. Pero, fiel a su tema, estas palabras han ido creciendo y tomando vida propia hasta expresar en cambio, algunas de mis ideas que, atendiendo a las lecciones de aprendiz de jardinero, ha llegado el momento de cortar.

 

Pablo Salazar López

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