Desenterrando al tigre. Crónica de un viaje al epicentro de la fiebre del ámbar en Chiapas (2 de 8)

[Esta es la 2da de 8 partes en las que está dividida esta crónica. Cada capítulo se publica por entregas los lunes y jueves de cada semana. Para mayor contexto, leer la 1ra entrega:]

I. “Los chinos” se están acabando el ámbar de Chiapas. …leer más

II. El camino a Simojovel.

 Simojovel está al norte de Chiapas, y para llegar ahí desde el centro del estado hay que cruzar los Altos de Chiapas o rodear por una ruta menos montañosa pero más larga. El camino desde San Cristóbal de las Casas es tan enervante como espectacular. Tenso porque se recorren noventa sinuosos kilómetros en dos horas y media, y el pavimento se transforma en terracería sin previo aviso; los deslaves no tienen más señalamiento que la vegetación creciendo entre el asfalto desgajado y los despeñaderos; los niños de las comunidades se atraviesan intempestivos, jugando a la orilla de la carretera como en el patio de su casa y, por si esto fuera poco, casi ninguna desviación indica a dónde lleva.

Al atravesar Los Altos desde la comodidad del coche, se es presa fácil del romanticismo del paisaje, de la nostalgia por un pasado más simple y cercano a la naturaleza. A más de 2 mil metros sobre el nivel del mar, el camino está salpicado de parcelas, bosques y montañas con iglesias solitarias en las cimas. Mujeres indígenas en ropas coloridas cepillan borregos, cargan leña, apilan grava y despachan pequeñas y omnipresentes tiendas de abarrotes mientras que, a la distancia, en pendientes imposibles —impensables— para el cultivo, hombres diminutos trabajan la tierra.

El entorno desafía al viajero solitario a un ejercicio similar a la meditación: las vistas invitan a parar, a tomar fotos para apresar y compartir el momento pero la carretera no lo permite. Solo se puede atender lo inmediato —el camino— mientras se absorben los alrededores de reojo sin poder enfocar los cerros, los barrancos, la belleza que envuelve el trayecto por momentos.

Aquí no hay señalamientos viales y, cuando aparecen, más que orientar despistan. Al sentirme perdido en algún punto entre Chamula y Larrainzar pregunto si voy bien y me dicen que me pasé hace media hora: “Era allá atrás, en la ferretería con letrero de madera, donde venden pollos asados, a la izquierda.”

Al pasar por Oventic, en el municipio de San Andrés Larrainzar, se lee en pintas y grafitis: “Bienvenido a territorio zapatista, aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”. El zapatismo siempre ha sido efectivo creando y comunicando símbolos. Aun si el mensaje no fuera cierto, infunde respeto y temor a quien no viaja regularmente por estos rumbos, como yo. Soy un extraño en un territorio con sus propias reglas.

Más adelante, una pequeña casa a la orilla de la carretera soporta en la azotea un enorme espectacular del Partido Verde Ecologista. La foto es de una playa con sol, cielo azul y un pescador con los pies en el agua tirando una atarraya: “El Partido Verde está con los pescadores”, dice. Aquí, en el corazón de los altos de Chiapas, en medio de bosque y montaña, a por lo menos cuatro horas de la playa más cercana: el mar y un mensaje a los pescadores.

Pintas en la comunidad de Oventic, Chiapas a la orilla de la carretera rumbo a Simojovel. Foto: Pablo Salazar López

 

Cartel sobre una casa a la orilla de la carretera en los altos de Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Las veredas que se bifurcan de la carretera principal hacia pequeños poblados muestran pintas improvisadas a la entrada y misteriosos nombres que poco tienen que ver con estas latitudes: “Comunidad Nueva Ucrania. Prohibido borrar”, dice uno pintado a mano. Otros, la mayoría, contienen algún tipo de advertencia:

“No se permite el acceso a vehículos después de las 8 de la noche”

“Rechazo total a la reforma energética. Se prohíbe la entrada de medidores digitales”.

 “Por acuerdo de la comunidad se prohíbe el acceso a comerciantes”.

 “A quien se sorprenda haciendo sus necesidades aquí, será multado”.

Conforme se desciende al valle de Simojovel, el paisaje y la perspectiva cambian. Pinos y maizales dan paso a platanares, cafetales y árboles tropicales. Los montes boscosos del inicio, vistos ahora desde abajo, se transforman en las imponentes cimas del macizo montañoso coronado por el Cerro de Caté, que la maltrecha carretera rodea entre despeñaderos.

Cerro de caté visto desde la carretera a Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

En este camino abandonado, los frecuentes deslaves se atienden espontáneamente, con viveza. Un grupo se junta para sacar a palazos el escombro de un derrumbe, mientras atraviesan un lazo para pedir una contribución —teóricamente voluntaria— por el servicio: veinte pesos. Al recibir el pago entregan un comprobante, un pequeño cuadro de papel sellado con el escudo de Chiapas —dos leones rampantes, uno a cada lado del Cañón del Sumidero— y un número de folio, para evitar pagar doble al regreso.

Adelante hay otro deslave, más grande que el primero, aunque este lo atienden solo dos personas. Aquí no hay sello ni comprobante, ni hay manera de que dos personas puedan remover esa cantidad de escombro. La cuota parece arbitraria y personalizada, 50 pesos, pero la severidad de los letreros no invita a rebelarse, doy 50 pesos y sigo mi camino.

 

III. El misterio de las esferas limpias.

Al llegar a Simojovel la temperatura sube a cuarenta grados, veinte más que en San Cristóbal. El ambiente polvoso, la bruma de las quemas agrícolas en esta época del año y el sol abrasador de las dos de la tarde, acentúan la sensación parsimoniosa del pueblo.

Jaime, un abogado nativo de Simojovel, conocido por artesanos, mineros y autoridades locales, sería mi guía y acompañante. El problema era encontrarlo. Esa mañana antes de salir, me llamó advirtiendo que no había señal en todo el municipio, así que debía marcar a su casa cuando llegara. Lo que no pensé antes fue cómo iba a llamar si mi propio celular no tenía señal.

… [Continuar leyendo]

 

Pablo Salazar López

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