Desenterrando al tigre. Crónica de un viaje al epicentro de la fiebre del ámbar en Chiapas (3 de 8)

[Esta es la 3ra de 8 partes en las que está dividida esta crónica. Cada capítulo se publica por entregas los lunes y jueves de cada semana. Para mayor contexto, leer la 1ra y 2da entrega:]

 

I. “Los chinos” se están acabando el ámbar de Chiapas. leer más

II. El camino a Simojovel. …leer más

III. El misterio de las esferas limpias.

Al llegar a Simojovel la temperatura sube a cuarenta grados, veinte más que en San Cristóbal. El ambiente polvoso, la bruma de las quemas agrícolas en esta época del año y el sol abrasador de las dos de la tarde, acentúan la sensación parsimoniosa del pueblo.

Jaime, un abogado nativo de Simojovel, conocido por artesanos, mineros y autoridades locales, sería mi guía y acompañante. El problema era encontrarlo. Esa mañana antes de salir, me llamó advirtiendo que no había señal en todo el municipio, así que debía marcar a su casa cuando llegara. Lo que no pensé antes fue cómo iba a llamar si mi propio celular no tenía señal.

Unas cuántas preguntas me llevaron hasta las casetas telefónicas; pequeños cubículos numerados donde una operadora asigna a cada quien su cabina correspondiente, para transferir ahí mismo la llamada. El lugar es un pedazo de arqueología urbana, vestigios de otros tiempos que aún sobreviven en pueblos y zonas populares. Como era de esperarse, la fila era larga. Después de pagar dos pesos por un minuto de llamada local me dirigí al parque central, el punto de encuentro acordado.

La pequeña plaza es austera, flanqueada por filas de árboles frondosos podados en ángulos rectos y a baja altura, como se acostumbra por aquí, y tres o cuatro palmeras flacas y altas que rodean improvisados puestos de lonas blancas donde se vende ámbar. Al frente y atrás, dos edificios igualmente austeros enmarcan la cuadra: la Iglesia de San Antonio de Padua, patrono del pueblo, y la presidencia municipal.

Centrada en una cabecera de la plaza, de frente a la iglesia y de espaldas a la presidencia, hay una escultura reciente, de poca calidad pero curiosa: un cubo de concreto rojo, hueco en el centro, con textura interior rocosa, conteniendo dentro de sí la figura de un minero con cincel y marro picando piedra, simulando el interior de una mina.

Está lleno de “chinos”, decían. Imaginaba verlos desde la entrada de la ciudad o en la plaza central comprando ámbar, pujando por el mejor precio y las mejores piezas o vendiéndolas ellos mismos, pero hasta entonces no había visto a ninguno.

Cabinas telefónicas en el centro de Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Vendedores de ámbar en la plaza central de Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Caminé con Jaime por el barrio donde viven la mayoría de los artesanos hasta llegar a la casa de don José Armando Ruiz, que estaba sentado a la sombra, en la banqueta frente a la puerta de su casa, vestido con playera de futbol y chanclas. En la acera de enfrente había un pequeño terreno baldío con altísimos bambús, de unos 10 metros de altura, meciéndose y crujiendo agradablemente con el viento.

—¿Ya estás alegre? —le preguntó Jaime.

—No, todavía no —le contestó sonriendo, mientras sacaba otra silla a la banqueta.

José Armando transmite serenidad y buen humor, tiene la piel bronceada, pelo cano bien peinado y ojos claros. Tendrá cuarenta y tantos años. Su playera —seguramente de su equipo de futbol— tiene en el pecho el intrigante nombre de “Las Rusas”.

Él no es propiamente un artesano sino escultor, me dice, y trabaja el ámbar desde hace treinta años. Sus trabajos más populares y los más fáciles de hacer, porque los ha tallado muchas veces, son los crucifijos y las cabezas de Pakal —el emblemático rey maya que gobernó Palenque. Lo más difícil y motivo de orgullo para él, son las marimbitas de ámbar. Para estas piezas, se tiene que replicar cada tecla en miniatura y hay que tallar a detalle hasta los “bolillos”, como se le conoce en Chiapas a las mazas con los que se toca el instrumento.

Don José, como al parecer todos los demás en el pueblo, sabía de “los chinos”; llegaron en el 2013, aproximadamente, buscando ámbar de un solo tipo: amarillo y sin impurezas, en forma de esferas. Sobre la cantidad de chinos en la zona me respondió, para indicarme que efectivamente habían llegado muchos, con el mismo indicador que después me repitieron otras tantas personas del pueblo:Sí, vienen muchos, ya hasta un restaurante de comida china pusieron”.

Si venían de China o eran asiáticos y la gente, como acostumbra en casi todo México, los llamaba chinos, estaba por verse todavía, pero me intrigaba que compraran exclusivamente algo tan específico: esferas de ámbar amarillo sin impurezas.

José Armando Ruiz. escultor de ámbar, sentado en la puerta de su casa en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

—¿Sólo compran esferas? ¿Por qué? —le pregunté.

 —Sí, sólo eso llevan, y limpias. Quién sabe para qué. No les gusta ni que tengan insectos ni musgo, como le decimos nosotros, ni burbujas, nada. Lo que no tiene mancha y está perfecto, eso sí se lo llevan todo.

—¿Todo? ¿Subió el precio entonces?

—Sí, bastante. El amarillo transparente antes costaba 20 y ora algunos meses llega a costar hasta 100 pesos el gramo. El normal, el musgoso, ese cuesta a peso el gramo.

—¿Y ha afectado su negocio?

—A mí la verdá no. Subió nada más ese que le digo pero yo ni lo compraba. El que compro cuesta lo mismo, hasta más barato. Como ya lo que están buscando todos en la mina es lo que lleva el chino.

—¿Y a los artesanos o los que hacen joyería sí les pegó que esté más caro? Es lo que he escuchado.

—Pues eso dicen pero quién sabe. Si antes nadie aquí quería comprar el amarillo transparente, decían que no se vendía porque la gente pensaba que parecía plástico. El que buscaban era el que traía insecto, manchas, porque ese es el que le gustaba —o le gusta todavía— a la gente, lo ven más real pues. Yo como le digo compro igual y vendo igual.

—¿Y cree que los chinos se estén acabando el ámbar? Usted que lleva 30 años en esto, ¿siente que hay menos que antes?

—No, hay más digo yo. Si antes había poquitas minas y mineros, ora es que hay mucha gente que se quiere meter a trabajar y más minas. Yo siento que hasta hay más.

—Entonces a los mineros les va bien, ¿cuánto sacan más o menos de una mina?

—Pues ya depende ahí sí, de la suerte de cada uno. Sí les va mejor que antes, por el precio, pero eso cuando encuentran, y no siempre encuentran. En promedio yo diría que, con suerte, deben sacar un kilo, kilo y medio al mes, y no todo lo que sacan es amarillo limpio del que compran los chinos, sale de todo. Aparte tienen que pagar la renta de la mina pues.

Escultura representando a un minero de ámbar. Plaza central de Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Me hubiera gustado quedarme más tiempo platicando en la agradable banqueta-terraza de Don José, disfrutando de la sombra, del viento fresco que mecía el bambú y de su compañía. Hubiera querido que ahora sí “se pusiera alegre”, que me contara de “Las Rusas”, de la vez que ganó un concurso con su marimbita de ámbar, verlo en acción esculpiendo algo, pero había poco tiempo y la señora Gloria ya me esperaba en su casa.

Sin embargo, esta primera conversación bastó para que empezara a emerger una historia diferente a la que había escuchado e imaginado: al parecer sí había “chinos” en Simojovel y sí estaban comprando mucho, al punto de afectar la oferta, la demanda y el precio de la piedra, pero no todos perdían. Algunos —quizá la mayoría— estaban ganando. ¿Había más ámbar ahora que antes? Sonaba lógico que hubiera más circulando, pero ¿cuánto había o cuánto quedaba enterrado? ¿Por qué solo compraban ámbar amarillo, sin impurezas y en esferas?

 

IV. Los perdedores

Doña Gloria Jiménez, artesana, tenía una visión diferente, más pesimista, sobre el ámbar y su oficio.

Para llegar a su casa había que subir por una calle llena de letreros ofreciendo ámbar, donde cada casa compartía la función de tienda, taller y vivienda. Los perros callejeros, contrario a su costumbre, no tenían fuerzas para seguirnos ni para seguir a nadie. Se refugiaban bajo la sombra de los carros, aturdidos, acalorados y somnolientos, apenas siguiéndonos con la mirada.

… [Continuar leyendo]

 

Pablo Salazar López

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