Desenterrando al tigre. Crónica de un viaje al epicentro de la fiebre del ámbar en Chiapas (4 de 8)

[Esta es la 4a de 8 partes en las que está dividida esta crónica. Cada capítulo se publica por entregas los lunes y jueves de cada semana. Para mayor contexto, leer la 1ra, 2da y 3ra entrega:]

I. “Los chinos” se están acabando el ámbar de Chiapas. leer más

II. El camino a Simojovel. …leer más

III. El misterio de las esferas limpias. …leer más

IV. Los perdedores

 Doña Gloria Jiménez, artesana, tenía una visión diferente, más pesimista, sobre el ámbar y su oficio.

Para llegar a su casa había que subir por una calle llena de letreros ofreciendo ámbar, donde cada casa compartía la función de tienda, taller y vivienda. Los perros callejeros, contrario a su costumbre, no tenían fuerzas para seguirnos ni para seguir a nadie. Se refugiaban bajo la sombra de los carros, aturdidos, acalorados y somnolientos, apenas siguiéndonos con la mirada.

La casa estaba al final de la calle, en la parte alta del barrio. Era sencilla, digna y espaciosa, con una agradable corriente de aire y vista a los alrededores del valle. A la izquierda había una sala grande con muebles cubiertos por sábanas, donde hablamos mientras tomamos un agua de tamarindo fría.

La señora Gloria es de trato amable y, al igual que su casa, tiene una apariencia sencilla y digna. Es morena y llenita, ese día usaba ropa fresca y su mirada y su voz eran taciturnas y tímidas, hablaba en un tono suave, con la mirada hacia abajo o hacia otro lado.

Ella también, como don José, había trabajado el ámbar por décadas. Me dice que aprendió de su difunto esposo, quien lo hacía mejor y era muy fino en su trabajo. Me cuenta también que sus hijos trabajaron un tiempo en las minas pero afortunadamente lo dejaron porque son muy peligrosas, cada tanto colapsan aplastando a algún minero. Cuando algo así pasa, la mina se abandona y nadie vuelve a escarbar ahí. A sus hijos les tocó trabajar en una donde murieron dos personas. Después de eso tuvieron miedo y mejor se dedicaron a otra cosa.

Doña Gloria Jiménez, artesana de ámbar, sentada en la sala de su casa en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

—Ya no es lo mismo que antes —me dice refiriéndose al negocio y a los cambios de los últimos años—, todo está más caro, guardan lo mejor pa vendérselo a los chinos y a nosotros nos dan lo que sobra.

—¿Y no pueden comprar del ámbar caro y vender ustedes más caras las piezas ya trabajadas?

—No podemos subir el precio, al contrario, a veces salimos a vender a otros lugares y tenemos que rematar nuestras piezas pa sacar el pasaje de regreso.

—¿Pero no pueden vender ustedes las piezas que buscan los chinos?

—Solo esferas compran, puro ámbar amarillo sin mancha, solo eso llevan.

Otra vez las intrigantes esferas.

—¿Y no podrían hacer negocio comprando el ámbar en bruto a los mineros y haciendo ustedes las esferas? Me imagino que el trabajo de hacerlas es artesanal ¿no? —le pregunto. 

Mmm no, ya lo hacen ellos pues. Los mismos mineros que lo encuentran lo hacen esfera pa venderlo.

—Han de hacer fiesta entonces cuando encuentran piezas sin mancha.

—Ah, lo dirá de broma pero aquí arribita hay una mina, y hasta cuetes truenan cuando encuentran algo, hasta aquí se escucha la tronazón.

—Y usted y su familia, ¿se van a seguir dedicando al ámbar?

Está difícil. Mis hijos ya mejor se dedican a otra cosa. De repente me ayudan pero ellos tienen sus trabajos. Yo sí. Le tengo mucho cariño y ya no voy a hacer otra cosa en los años que me queden. De eso viví todo este tiempo con mi esposo, de eso hicimos esta casita. Le tengo mucho agradecimiento al ámbar.

Familiares de doña Gloria ayudando en el trabajo de ámbar del taller y tienda dentro de su casa. Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Algunos sí han perdido y seguirán perdiendo, pensé tras despedirme de doña Gloria. Ahora no tenía duda ni de los chinos, ni de las esferas de ámbar —de su existencia, porque su propósito seguía siendo oscuro—. Lo que empecé a cuestionarme era mi plan de visitar alguna mina, ahora que sabía del riesgo que implicaba. Nunca había entrado a una, no sabía ni cómo se veían, pero mi imagen mental de ellas se iba empequeñeciendo desde mi visión industrial inicial, hacia una imagen más rústica.

Al retirarnos y para añadir otra capa de duda, Jaime, mi guía, y quien conocía a todas las personas con las que estaba hablando aunque hasta entonces había guardado su distancia sin participar en las conversaciones, se acercó discretamente a decirme mientras caminábamos de regreso: “Exagera un poco doña Gloria, no es cierto que les va tan mal como dice”.

 

V. La fiebre del ámbar

Mi siguiente visita fue al Museo del Ámbar, dentro del mismo Simojovel, para encontrarme con Cecilio Velasco, una de las personas con mayor conocimiento de la piedra en la región. Su abuelo fue de los primeros en extraer y trabajar ámbar en el pueblo.

Para mi sorpresa, aunque desde épocas prehispánicas se extraía y comerciaba ámbar de Chiapas hasta distancias lejanas, desconocía que no hubo una producción continua desde entonces hasta nuestros días sino que, aún en este pueblo históricamente identificado con su producción, la resina no se había explotado comercialmente por un número significativo de sus pobladores hasta hace alrededor de 90 años.

… [Continuar leyendo]

 

Pablo Salazar López

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