Desenterrando al tigre. Crónica de un viaje al epicentro de la fiebre del ámbar en Chiapas (5 de 8)

[Esta es la 5a de 8 partes en las que está dividida esta crónica. Cada capítulo se publica por entregas los lunes y jueves de cada semana. Para mayor contexto, leer la 1ra, 2da3ra y 4a entrega:]

I. “Los chinos” se están acabando el ámbar de Chiapas. leer más

II. El camino a Simojovel. …leer más

III. El misterio de las esferas limpias. …leer más

IV. Los perdedores. …leer más

V. La fiebre del ámbar.

Mi siguiente visita fue al Museo del Ámbar, dentro del mismo Simojovel, para encontrarme con Cecilio Velasco, una de las personas con mayor conocimiento de la piedra en la región. Su abuelo fue de los primeros en extraer y trabajar ámbar en el pueblo.

Para mi sorpresa, aunque desde épocas prehispánicas se extraía y comerciaba ámbar de Chiapas hasta distancias lejanas, desconocía que no hubo una producción continua desde entonces hasta nuestros días sino que, aún en este pueblo históricamente identificado con su producción, la resina no se había explotado comercialmente por un número significativo de gente hasta hace alrededor de 90 años.

Cuenta Cecilio que aquellos viejos encontraron el ámbar mientras escarbaban buscando un armadillo y que su abuelo fue parte de esa primera generación que aprendió a extraerlo nuevamente. Su padre trabajó en el campo y en las minas también, y la mayor parte de su familia se ha dedicado a la minería o a trabajar la resina. Él heredó ambos oficios, los cuales combinó además, con el liderazgo temporal del Consejo Regulador del Ámbar de Chiapas. Conoce también las investigaciones históricas y geológicas respecto al ámbar en la región ya que, gracias a su experiencia y reputación, pudo relacionarse con algunos de los principales investigadores en la materia que llegaron hasta aquí.

Él tendrá también cuarenta y tantos años. Es moreno, de estatura baja y pelo entre cano. Ameno, pausado, tiene las ideas claras y se expresa con la autoridad de quien conoce su tema. Hablamos durante más de dos horas, yo tengo aún muchas preguntas y pareciera que él tiene todas las respuestas.

De entrada, me dice, hay muchas personas que hablan sin saber, hay otros también que son alarmistas y expresan sus miedos, más que la realidad, sin olvidar, concluye, a los que simplemente son negativos o envidiosos.

Por ejemplo, cuenta, algunas personas sostienen que el ámbar es el fósil de la resina del árbol de guapinol, cuando está comprobado por estudios científicos que es la resina fosilizada de un árbol ya extinto del género Hymenaea, cuyo pariente más cercano de los que sobreviven es, eso sí, el guapinol. El ejemplo me ilustra, más que el tipo de personas a las que se refiere Cecilio, el tipo de persona que él es: ecuánime, mesurado en sus juicios, apegado a la verdad, y esta primera impresión la confirmo a lo largo de nuestra conversación.

Árbol de guapinol. Foto: Paolo Petrignani (tomada del libro “Ámbar de Chiapas. Historia, ciencia y estética”. 2004

Respecto a las alteraciones, benéficas o negativas, de la indudable llegada del comercio chino, me dice tajante que, en general, ha sido bueno. Que ojalá vinieran más a comprar, sean chinos o de otros países. La derrama económica reciente ha beneficiado a todo el pueblo y, en particular, a los mineros, lo cual le parece muy bien, me dice, porque ninguno de los otros elementos de la cadena en el mercado existirían sin el minero:

—Hay desgaste para el tallador, para el artesano, yo lo sé por experiencia, porque lo he vivido pero también sé que nadie se desgasta más que el minero, nadie expone su vida a diario como él y por eso me da gusto que a los compañeros les esté yendo bien. 

Pero todavía no sé cuándo llegaron “los chinos” ni lo que implicó su llegada: si hay una fiebre del ámbar, la razón de tantos rumores negativos y alarmismo. Tampoco sé, todavía, cómo se explota la piedra, qué tan peligrosas son las minas o el por qué de las esferas. Le pido que vayamos por partes y aprovecho a desenmarañar mis preguntas empezando por donde se quedó, el riesgo de los mineros: ¿Es peligroso, mueren frecuentemente?

—Sí hay riesgo. Siempre lo ha habido pero ahora hay más. Antes —yo le hablo siempre de lo que sé, de lo que hacían mi papá y mi abuelo y yo con ellos, me dice—, había un respeto por la montaña. Se decía, como tradición pues, que la tierra nos daba el ámbar y había que cuidarla porque de eso comíamos. Entonces se encendía una vela e incienso en la entrada de los túneles, como señal de agradecimiento y respeto a la montaña, no importaba el Dios en que uno creyera, se pedía suerte y protección. Ahora, de que llegaron los chinos y subió el precio, mucha gente nueva se metió a trabajar a las minas para probar suerte y se van para adentro sin más. No es superstición que necesiten hacerle algo a la montaña pero son descuidados, atrabancados. Antes, además de agradecer, se revisaba la entrada —es lo más peligroso, si algo colapsa, va a colapsar primero la entrada—, se tocaba la pared y el techo a ver si sonaba hueco o si estaba cuarteado, porque si eso pasa hay que apuntalar o de plano derrumbar la mina de una vez, preventivamente. Ahora no se fijan y por eso es que ha habido más accidentes, aunque siempre ha tenido su peligro, como los derrumbes por humedad cuando llueve mucho.

—Entonces ¿sí se han multiplicado los mineros?

—Muchísimo. Yo le digo números, porque como era presidente del Consejo, tengo los números. Antes, hace unos cinco años, digamos, habían unos seiscientos mineros en el área. Recientemente llegaron a haber como seis mil.

—¿Tantos? ¿Pues cuánto se incrementó la ganancia?

—Para que se dé una idea, peones, campesinos, hasta profesores de secundaria, se fueron los fines de semana a excavar o de plano dejaron lo que estaban haciendo para trabajar en las minas. Algunos albañiles que no pasaban de sus 200 pesitos diarios, llegaron a ganar hasta 20 mil en un día, pero hasta en el mejor momento eso era raro y ahora ya pasa todavía menos. Se está empezando a sacar lo de siempre y como siempre ha sido, a veces encuentran y a veces no. Hace como seis meses empezó a bajar el precio y menos gente busca ámbar, pero en algún momento todos le hicimos la lucha. Hasta yo regresé a trabajar en mi tiempo libre a una mina con otro muchacho que me ayuda, pero no he tenido suerte.

Minero de Totolapa, Chiapas, con un trozo de ámbar extraído del frente de la mina. Foto: Paolo Petrignani (tomada del libro “Ámbar de Chiapas. Historia, ciencia y estética”. 2004)

—¿Cuánto se incrementó el precio entonces para que tanta gente se metiera?

—Como el chino se enfoca en calidad, todos los otros tipos de ámbar que no son los que busca, mantuvieron su precio. Con el que se hace joyería, el manchado y musgoso, bajó un poco, pero en lo que les interesa a los chinos, se disparó el precio. La esfera de 1 gramo la compraban a 50 pesos y la de 2 gramos a 120. Ya las de 3 a 4 gramos, las llegaban a comprar 300-400 pesos, en comparación con los 2 pesos por gramo del ámbar normal, pero tenían que ser perfectas. Hubo una esfera que llegó a valer hasta 12 mil pesos.

No entendía del todo cómo podía multiplicarse así de rápido, el número de minas y la cantidad de mineros. ¿Tan fácil era hacer una mina nueva? ¿Quién era dueño de las que existían? ¿Tan lleno de ámbar estaba Simojovel que cualquiera podía escarbar un pedazo de tierra y encontrarlo? Cecilio, nuevamente, me lo aclaró.

—No, mire, se sabe dónde puede haber ámbar por el tipo de tierra. Hay un tipo de cascajo —como le llamamos nosotros— muy particular, que aparece donde hay ámbar. Entonces se busca en en esos lugares, además de las minas establecidas desde hace años. Hay unas tan cerca como a 4 kilómetros de aquí y para otras, hay que manejar varias horas, más que nada porque no hay buenos caminos. Aparte de Simojovel, se extrae ámbar de otros 6 o 7 municipios.

Investigando, antes de llegar a Simojovel, vi fotos de Kaliningrado, el protectorado ruso en la costa del mar Báltico y antiguamente llamado Königsberg, cuando aún era Prusia, donde están los mayores yacimientos y producción de ámbar del mundo. Las imágenes mostraban una producción industrial con maquinaria, grandes montañas de tierra y escombro, bandas para escoger las piezas y en general, la imagen que se asocia con cualquier explotación minera a gran escala. Es posible, además, encontrar estadísticas precisas de cuántas toneladas se extraen y el tamaño estimado de los yacimientos. Con esto en mente, le pregunté a Cecilio si no era caro extraer ámbar, si no había que comprar maquinaria o hacer gastos fuertes o por qué parecía que cualquiera pueda ponerse a buscar ámbar aquí.

Fotografía de una mina de ámbar en Palmnicken, en el este de Prusia (actualmente Kaliningrado, Rusia) en 1874. Foto: Klebs [Dominio público], vía Wikimedia Commons. Liga

—Es que el ámbar se saca, al menos aquí, diferente de lo que uno entiende como minas en otros lados donde se extraen otros metales y minerales. Es más artesanal. El dueño de la tierra donde hay ámbar —puede ser un particular o un terreno ejidal— le cobra a los mineros una renta por túnel excavado y le tienen que pagar puntualmente cada mes, saquen o no saquen ámbar. Ahí es donde va el riesgo del minero pues, que su ganancia es variable dependiendo de lo que encuentre, pero al dueño tiene que pagarle puntualmente su renta. Por cada túnel se cobra normalmente entre mil, 2 mil o hasta 6 mil pesos. Aunque hay lugares donde encontraron unas minas recargadísimas de ámbar y llegaron a cobrar entre 10 y 15 mil pesos por túnel, pero ya pasó su mejor momento.

—¿Y cómo se organizan o cómo se dividen los que están buscando ámbar?

—Los túneles se excavan en la montaña —aunque hay lugares planos donde se busca haciendo pozos— y la medida de los túneles tiene que ser más o menos de 2 metros de alto por 2 de ancho, y entre un túnel y otro tiene que haber también como 2 metros de separación. Se tienen que ir derechito, sin desviarse, para no dañar los túneles de al lado. A veces se pelean pero ahí es donde entra el dueño a poner orden y decidir quién tiene razón y cómo se tiene qué hacer. En cada túnel trabajan normalmente una o dos personas. Ya como máximo y es raro, tres. Los que excavan se pueden organizar de dos maneras diferentes. Unos trabajan por su cuenta, en sociedad: juntan dinero y se ponen a chambear a ver qué encuentran, dividiendo a partes iguales lo que ganan. Otros, son contratados. Alguien les paga un sueldo por trabajar y buscar ámbar. Ahí, el que los contrata es el que lleva el riesgo de pagar la renta y los que están en el túnel, encuentren o no encuentren, se llevan su paguita el sábado, aunque obviamente ganan menos. Por decir, en los grupos de dos hay un marrero y un tirador. Uno es el que excava y el otro va sacando el escombro del túnel. A esos, cuando los contratan, les pagan por día 200 y 140 pesos.

Le pregunto a Cecilio si “los chinos” no están comprando tierras para explotar masivamente el ámbar por su cuenta, pero me aclara que los compradores que vienen a Simojovel no son grandes empresarios sino comerciantes, intermediarios buscando una oportunidad de negocio con un producto que tiene demanda en China y que pueden conseguir barato aquí. Allá lo venden a empresas más grandes, tan es así, me dice, que no solo hay chinos, también hay canadienses, brasileños e intermediarios de otros países que vieron la misma oportunidad y compran piezas para vender allá.

—Entonces son coyotes —le digo.

—Sí, aunque prefiero decirles intermediarios. El coyote, como usted dice, siempre ha existido, sean chinos o locales y no está mal tampoco, tienen su función. Por ejemplo, anteriormente el minero vendía todo lo que encontraba en lote, no se podía escoger. Se le compraba todo o nada. Al artesano no le convenía, primero porque cuando uno talla, le interesan piezas específicas para trabajar y segundo, porque si el lote era muy grande —a veces se juntaban varios y vendían lotes conjuntos de hasta 10 kilos— el precio era inalcanzable. Ahí es donde entraba el intermediario. Él sí podía comprar lotes completos y ya seleccionaba para vender piezas individuales. Ahora los chinos, pero sobre todo la gente que han capacitado los mismos chinos —a ellos casi no les gusta salir, mejor contratan a otras personas de aquí para que lo hagan—, les dan equipo especializado para revisar el material y dinero para comprar las esferas. Entonces, como al minero ya le conviene escoger él mismo sus piezas para darle al chino lo que busca, también ya deja que el artesano escoja y compre solo lo que necesita. No está mal, es bueno para el artesano en muchos aspectos también. Lo que pasa es que muchos resienten que ahora el mayor beneficiado fue el minero, que son ellos los que han incrementado significativamente sus ganancias, mientras que a otros intermediarios y comerciantes les va igual que siempre. Pero tampoco es que les vaya peor.

—Como sea me sorprende que no estén explotando el ámbar ellos mismos, los chinos me refiero.

—Bueno, sí se ha sabido de chinos que intentan comprar tierras, no ellos directamente sino a través de mexicanos, pero con los compañeros que hemos platicado, dicen que no van a vender. Rentar la tierra con otras personas de la región, como se ha venido haciendo siempre, sí, pero nunca vender. Aunque hay que seguir hablando y organizándonos para asegurarnos de preservar la tierra, la manera tradicional en que producimos y el beneficio para la gente de aquí.

Cecilio Velasco en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

—Otra cosa que he sabido es que, ante esta fiebre de ámbar, se lo están acabando. ¿Usted lo cree?

—No creo, la verdad. Para empezar nadie sabe a ciencia cierta cuánto ámbar hay, ni aquí ni en Chiapas en general. No se han hecho estudios geológicos, que yo sepa, con un estimado de los yacimientos. Pero con lo poco que se sabe o con lo poco que yo sé, pienso que hay mucho ámbar todavía. Primero, porque se han descubierto recientemente nuevos yacimientos en otros lugares y segundo, porque platicando con gente como Thomas Lee, un biólogo muy conocido que ya falleció y vivió 40 años en Chiapas dedicándose a la investigación del ámbar, me contó de indicios que apuntaban a que, la capa geológica de ámbar que existe en Chiapas, cubre un territorio mucho más grande del que se conoce. O sea que, de los lugares donde hay ahorita, hay muchos más todavía que no se sabe dónde están. A veces me dicen algunos compañeros: “Ya va a acabar el ámbar”. No acaba, les digo, no va a acabar ahora y quizá nunca. Hay en muchos lados. A lo mejor acaba aquí en Simojovel, pero en el resto del estado no. Bajita la mano, yo le calculo que unos cincuenta años más, vamos a tener ámbar.

Esperaba mucho de mi conversación con Cecilio y no me decepcionó. Ahora tenía más clara la fiebre del ámbar tras la llegada del comercio chino. Entendía mejor la alarma por esta novedad. Era natural que, si un producto, el que sea, despertó el interés de un mercado tan grande como el chino, las ondas expansivas alteraran radicalmente el comercio del lugar que lo produce. Era de esperarse incluso, que transformaran radicalmente la vida de un lugar, como efectivamente sucedió en Simojovel, un sitio pequeño, con una producción limitada y artesanal en relación al volumen de comercio global.

Basta saber que, quizá el único adelanto durante casi un siglo de explotación del ámbar en esta región, es que en lugar de iluminar las minas con velas ahora los mineros usan linternas sujetadas a su frente, y que en lugar de que el escombro se retire en sacos atados a lazos que alguien jala desde la entrada de la mina, como sea hacía antes, ahora se saque en carretillas.

El rompecabezas, para mí, estaba cerca de armarse. Necesitaba saber un poco más del mercado global de ámbar, del porqué de las esferas y sobre todo, no quería irme del lugar sin entrar a una mina.

 

VI. El comercio global de ámbar

La producción minera de Simojovel, aunque importante para la región, tanto económica como simbólicamente, tiene poco impacto en el mercado global. La costa del mar Báltico, por sí sola, concentra el 90% de la producción global de ámbar.

Bastó con que unos cuantos emprendedores vieran una oportunidad de negocio procurándose proveedores alternativos y, con toda seguridad, más baratos que en el mercado báltico, para que las ondas generadas al otro lado del océano se sintieran aquí, en la pequeña Simojovel, como un tsunami.

… [Continuar leyendo]

 

Pablo Salazar López

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