Desenterrando al tigre. Crónica de un viaje al epicentro de la fiebre del ámbar en Chiapas (7 de 8)

[Esta es la 7a de 8 partes en las que está dividida esta crónica. Cada capítulo se publica por entregas los lunes y jueves de cada semana. Para mayor contexto, leer la 1ra, 2da3ra4a, 5a y 6a entrega:]

I. “Los chinos” se están acabando el ámbar de Chiapas. leer más

II. El camino a Simojovel. …leer más

III. El misterio de las esferas limpias. …leer más

IV. Los perdedores. …leer más

V. La fiebre del ámbar. ...leer más

VI. El comercio global de ámbar. …leer más

VII. Los hombres hormiga y sus madrigueras.

Finalmente me decido a visitar una mina, aunque primero vamos a la presidencia municipal de Simojovel con la coordinadora de turismo, la licenciada Patricia Díaz Ruiz. Su oficina es pequeña, casi un cubículo. Es joven, no debe tener más de 30 años, y usa un cabestrillo para inmovilizar su brazo derecho mientras se recupera de una caída.

Después de un breve intercambio de saludos y folletos informativos accede a llevarme, en ese mismo momento, a visitar una mina. Subimos al carro y nos dirigimos a la más cercana, Pauchil —palabra que en la lengua tzotzil y tzeltal significa ámbar—, dentro del ejido Pauchil Los Cocos, apenas a 10 minutos de distancia en carro más otros 5 minutos a pie de donde estamos.

Aprovecho el trayecto para hablar con ella y me confirma todo lo que he escuchado hasta ahora. También cree que los mineros con suerte son los que están ganando más —nadie aquí olvida acotar que el minero depende, en todo momento, de la suerte— lo que, en su opinión, es la razón principal de la molestia de los artesanos y comerciantes. Duda que estos últimos se hayan visto afectados pero, con seguridad, no se han beneficiado tanto.

No olvida aclararme también que, la llegada de estos compradores “no puede aislarse del esfuerzo del gobierno municipal por posicionar a Simojovel como un destino donde se produce y trabaja el ámbar”, así como a la información que su área brinda a los visitantes y comerciantes cuando se solicita su ayuda.

La situación es más tensa de lo que parece. Varias minas, me cuenta, ya no permiten el acceso a los artesanos. Hay molestia porque atribuyen a su envidia la campaña de desinformación sobre los chinos y los mineros, a que se hable de lavado de dinero, narcotráfico y saqueo de ámbar. En represalia, no los dejan ni siquiera acercarse para negociar directamente.

Aprovechando el tema, Patricia me cuenta de otra campaña de desinformación —que atribuye a los vendedores de Tuxtla y San Cristóbal de las Casas—, sobre la supuesta inseguridad de la carretera a Simojovel. Esta, según me dice, busca desincentivar las visitas y compras directas aquí, para que el turismo y comercio interesado se quede en las ciudades.

Dudo de la capacidad de este reducido grupo para desinformar a todo el estado, pero por la razón que sea, es cierto que, familiares que no tienen nada que ver con el ámbar ni el comercio, me habían advertido del peligro —según habían escuchado— de viajar a Simojovel.

—La verdad —me confiesa al preguntarle— es que sí han asaltado a algunos chinos, pero no es delincuencia organizada sino robos comunes, porque saben que andan cargando dinero en efectivo para sus compras.

Bajamos del carro para seguir a pie y me cuenta que, originalmente se acordó que la gente que vive a la entrada del camino recibiría a los visitantes y cobraría por el acceso. Sin embargo, las visitas llegaban tan esporádicamente que desistieron. Se acordó entonces que cada visitante fuera por su cuenta y le diera para su refresco a los mineros del túnel al que entraran. “Por eso vamos solo a una”, me dijo, “para darle a un equipo de mineros nada más, si no imagínese, habría que darle a todos y le saldría cara la visita”.

Lic. Patricia Díaz Ruiz, ex directora de turismo municipal, subiendo por la vereda que lleva a la mina de ámbar “Pauchil” en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Ascendemos la montaña por una vereda angosta, rodeada de vegetación y pronto aparece el primer túnel a mi izquierda. Tras unos pasos más aparece otro túnel, luego otro y otro. A pesar de todo lo que había escuchado, no dimensioné hasta estar ahí, la naturaleza completamente artesanal de la extracción de ámbar en Chiapas. Todo el camino que rodea la montaña está lleno de túneles con las medidas justas para la entrada de una persona pequeña o a veces menos.

Este monte, más que una mina, parece un hormiguero gigante sin hormigas. Rodeo la montaña y pienso en eso, en hormigueros, colmenas, madrigueras, en osos tropicales hibernando —si existieran—, en la tumba de Cristo, en minas abandonadas, en todo, menos en lo que esto es, una mina activa.

El silencio es total. Solo se escucha el crujir de nuestros pasos y el viento entre los árboles. Uno esperaría escuchar el martillar metálico del marro sobre el cincel al interior de la mina, pero estos hoyos, estas madrigueras humanas, pueden alcanzar profundidades de cientos de metros y el sonido no llega a la boca de los túneles.

Se sabe que hay gente trabajando en el área por la ropa colgada afuera de cada abertura: un pantalón extendido en el suelo, una camisa tendida sobre una rama y envases de  plástico vacíos o semivacíos con coca cola o pozol —bebida tradicional de Chiapas hecha a base de maíz o cacao.

El entorno es tan apacible que a la entrada de un túnel hay un adolescente sentado —podría decirse que acunado— dentro de una carretilla, profundamente dormido. Caminamos a su lado hablando y ni así se despierta. Realiza un delicado acto de equilibrio y sin embargo luce cómodo.

Sigiloso, sin emitir sonido y a toda velocidad, sale disparado de un túnel otro joven con el torso desnudo, cubierto de polvo, con una pequeña lámpara atada a la frente, empujando descalzo una carretilla llena de escombro —cascajo le llaman— para inclinarla hacia la pendiente y tirar el desecho cuesta abajo. Luego regresa corriendo al túnel, tan silencioso y ágil como salió.

Entrada de un túnel en la mina de ámbar “Pauchil” en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

 

Entrada de un túnel de la mina “Pauchil” en Simojovel, Chiapas, junto con ropa y herramientas de los mineros que trabajan dentro. Foto: Pablo Salazar López

 

Ropa de los mineros secándose al sol en el camino que rodea la montaña de la mina de ámbar “Pauchil” en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

 

Joven descansando afuera de uno de los túneles de la mina de ámbar “Pauchil” en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

 

Minero sacando escombro de un túnel en la mina de ámbar “Pauchil”, en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

El escombro de los túneles se desparrama por toda esta ladera. Me asomo nuevamente hacia el valle, hacia las montañas de enfrente, y ahora distingo a lo lejos, otras minas que antes no veía, las delatan sus propias lenguas de cascajo sobre la pendiente.

La directora y yo decidimos entrar a un túnel, Jaime prefiere esperar afuera. Hay que agacharse para entrar y una vez dentro, seguir caminando agachado, cuidando no golpearse la cabeza. No venimos preparados y muy pronto, aunque vamos paso a paso, se acaba la luz y sacamos los celulares para iluminar el camino. Ella me guía a pesar de que camina con tacones y un brazo inmovilizado.

Me muestra caracoles fosilizados en la piedra. El túnel está lleno también de filamentos blancos y brillosos que salen de las paredes. Me explica que se trata de cuarzo, más bien formaciones de cuarzo, que si se hubieran quedado más tiempo bajo la tierra —unos cuantos miles o millones de años quizá— habrían logrado convertirse en cristales. A veces se encuentran cuarzos bien formados, pero los mineros no les ponen mucha atención, los dejan ahí tirados, me dice, sólo buscan ámbar.

Dentro del túnel, aproximadamente cada veinte metros o más, alternadas a izquierda y derecha, hay bifurcaciones hacia pequeñas cuevas o antecámaras sin salida. Mi guía me explica que esta disposición sirve para incorporar soportes dentro de la estructura de la excavación. La tierra entre las antecámaras y el túnel principal hace la función de soporte, es el único soporte en realidad, no hay trabes, puntales o materiales externos, solo estas columnas naturales ingeniosamente escarbadas dentro de la misma tierra.

Unos ochenta metros adentro, Patricia me pregunta si los escucho, “ahí se oyen ya trabajando”, me dice. No escucho nada. Damos unos pasos más y me vuelve a preguntar. Esta vez digo que sí, por pena, la verdad es que todavía no los escucho.

—Si quiere siga avanzando, yo aquí lo espero, ya forcé mucho el brazo. Ahí los va a ver trabajando, dígales que viene de turismo —me dice.

Continúo solo, alumbrándome con el celular. Apenas pierdo de vista a mi guía y aparecen los temores citadinos. Escucho murciélagos y los imagino revoloteando alrededor de mí. Veo guano en el piso y me viene a la mente, con precisión fotográfica, la información sobre la Histoplasmosis pulmonar, la enfermedad crónica contraída al inhalar un hongo del guano. Pienso también en la disputa entre mineros y artesanos, los robos a los chinos, lo que pasará si les caigo de sorpresa a estos mineros, en la oscuridad, no vayan a pensar que les quiero robar.

El suelo cambia, ahora es fangoso y húmedo. Hay una ligera pendiente descendiente pero el túnel es prácticamente horizontal. A cada paso, por la paranoia, voy repitiendo en voz alta: “¿¡Buenas tardes!? ¡Vengo con los de turismo a conocer la mina!”.

Empiezo por fin a escuchar los martillazos sordos, lejanos primero y cada vez más cerca, hasta que me contesta, en un volumen mucho más bajo que el mío y a una distancia menor de la que esperaba, una voz: “Buenas tardes”.

 Hay dos hombres trabajando, los dos descalzos, sin camisa, sin casco, sin cubre bocas, sin nada en realidad, apenas con el mínimo de ropa, una lámpara en la frente, cincel y marro. El primero está sentado a la izquierda, sobre una roca grande, probablemente descansando o esperando su turno. El otro trabaja al fondo, pegado a la pared donde, temporalmente, acaba el túnel. El muro está lleno de cicatrices, rasguños en la roca, son las marcas del cincel.

Mineros trabajando al fondo de un túnel de la mina de ámbar “Pauchil” en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

—¿Disculpen, puedo verlos trabajar un rato y tomar algunas fotos? —les pregunto.

—Sí —contestan, parcos pero amables.

Mientras trabajan, al menos desde que llegué, nadie habla. El que descansa lo hace en silencio y el que trabaja también. Este último, hincado, entierra el cincel donde cree conveniente y empieza a martillear con ritmo, vigorosamente, a dos manos, hasta que algo se desprende. Se detiene y lo revisa entre sus manos, lo hace a un lado y repite el proceso.

Hay algo hipnótico y primitivo en el ambiente, en estar dentro de las entrañas de la tierra, en la oscuridad total, con calor y humedad intensos, y un silencio roto solo por el golpeteo rítmico y metálico del mazo sobre el cincel, un sonido que no tiene a dónde ir y muere pronto, sordo. Estamos los tres en silencio, hipnotizados.

Unos minutos después aparece de nuevo mi guía, supongo que se preocupó por mi tardanza o simplemente prefirió estar aquí que sola a medio túnel. Intercambia algunas palabras con los mineros y después, otra vez silencio. Lo rompo para preguntar si lo que se ve al fondo, es la veta que van siguiendo y entonces, el que trabaja, rompe su silencio también para decirme: “¡Esta mina no es de veta!”, y sigue martillando. Es cierto, olvidaba que hay varios tipos de minas o de patrones para buscar ámbar. Esta mina no es de veta.

Minero descansando e iluminando el camino de salida para nosotros dentro de un túnel de la mina de ámbar “Pauchil”, en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

A la salida, platico con ellos o lo intento, pero descubro que no era por la intensidad de su trabajo ni porque conservaran oxígeno, que no hablaran antes, son hombres de pocas palabras. Pregunto sobre su trabajo, los chinos, el ámbar, cuánto ganan y solo obtengo monosílabos, frases cortas. Tienen razón, ¿quién querría contestar preguntas después de pasar horas partiendo piedras en el corazón de la montaña?

Ellos no saben mucho del precio y las ganancias de ámbar, son mineros contratados. Es decir, quien los emplea paga la renta del túnel al dueño de la tierra. Su pago no está sujeto a encontrar o no ámbar, pero tampoco ganan mucho, 120 pesos al día el que más, dependiendo de su tarea en el equipo, me dicen.

Tampoco me saben decir si hay más o menos ámbar que antes.  Me confiesan, eso sí, que no han tenido suerte y no han encontrado nada todavía, “puro ámbar pulsera” —como le llaman a los pedazos pequeños que, normalmente, solo sirven para eso.

Mineros terminando su jornada de trabajo en la mina de ámbar “Pauchil”, en Simojovel, Chiapas. Foto: Pablo Salazar López

Les doy algo de dinero y les agradezco su paciencia. Uno de ellos todavía tiene que regresar a su casa, a una hora de distancia caminando. Serían varias horas más si se fuera por la carretera pero “corta camino por el monte, me dice, y llega en una hora. Lamento su suerte.

 

VIII. El final de la ruta del ámbar

Después de todo, queda en el aire la pregunta sobre qué ha representado la llegada del comercio chino para esta región, ¿un golpe de suerte o una maldición?

Pocas cosas escapan ya, al ojo omnipresente del comercio global. Si algo tiene valor, si se necesita o representa un negocio a escala mundial, habrá quien lo encuentre y quién lo explote. Ni los rincones remotos de África, ni los polos, ni Simojovel pueden escapar.

… [Continuar leyendo]

 

Pablo Salazar López

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